El año pasado, con mi viejo, queríamos hacer Salta y/o Jujuy, pero por distintos motivos no pudimos. Así que este año no lo quisimos dejar pasar.
Nuevamente de la mano de Gone Bike Trips —después del Camino de los 7 Lagos y de La Rioja y San Juan— nos embarcamos en una nueva cicloaventura.
Esta vez el destino era Jujuy y su Quebrada de Humahuaca: Purmamarca, Maimará, la Cuesta de Lipán, las Salinas Grandes, Iruya y El Hornocal. Pedalear en altura, entre colores que parecen photoshopeados. Un lugar al que hacía rato le tenía ganas.
Día 1: Llegada a Purmamarca y primera vuelta por Los Colorados
Volamos directo a Jujuy y de ahí nos fuimos en camioneta a Purmamarca, a unos 70km del aeropuerto. Llegamos al Hotel Marqués del Tojo, dejamos las cosas y salimos a almorzar al centrito, a Los Morteros. ¡Qué buena la humita en chala!
Como caímos antes que el resto del grupo, el primer día fue prácticamente libre. Y como una buena manera de conocer un lugar es caminándolo, nos fuimos a recorrer el Sendero Los Colorados, ese circuito que rodea el pueblo por atrás del cerro y te mete entre paredones rojos de película.
Purmamarca es precioso. Todo construido en adobe, calles de tierra, pero muy prolijo, muy limpio. Y la gente súper amable.
Lo primero que se siente es la altura: a más de 2.300 metros, cualquier subidita te recuerda que el aire viene más flaco. Lo segundo, el color. Al caer la tarde, el Cerro de los Siete Colores se prende fuego detrás del pueblo y entendés de una por qué este lugar le rompe la cabeza a todo el que llega.
Día 2: Purmamarca → Maimará, la Paleta del Pintor y las empanadas de Laura
Al día siguiente salimos de Purmamarca por la Ruta 9 rumbo a Maimará: unos 42km sin desniveles importantes y casi todo asfalto. De esos días en los que se pedalea charlando, con la Quebrada abriéndose de a poco a los costados y el Río Grande de compañía.
Pasamos el pueblo y paramos en la Bodega Dupont, una bodega boutique al costado del río, donde nos hicieron una breve degustación y probamos algunos dulces caseros. Había un durazno picante que era una locura, de esas combinaciones que no deberían funcionar y funcionan.
De ahí seguimos por la vera del río y pasamos bien de cerca de la famosa Paleta del Pintor, ese cerro con franjas de colores que parece, literal, la paleta de un artista. Verlo desde la ruta ya impresiona; pasarlo a pedal, al ritmo justo para mirarlo, es otra cosa.
Volvimos a Maimará para almorzar en lo de Laura, que ganó un premio a las mejores empanadas de la Quebrada. Está armando un comedor muy humilde, de a poco, pero se nota que va creciendo. Nos recibió con sus hijos, y entre plato y plato nos contó cómo se las ingenió para usar ChatGPT y armar un cuento que le habían pedido a la hija en el colegio: nos lo leyó ahí, en vivo, y hasta nos mostró la maqueta que habían hecho para acompañarlo. Nos llenó la mesa de empanadas, humita en chala y tamales. Un lujo, y uno de esos momentos que después son los que más te quedan del viaje.
Después volvimos por la 9 hasta la subida a Purmamarca: los que teníamos ganas la pedaleamos; los que tenían más criterio, a la combi. Ducha, y a aprovechar lo que quedaba del día. Con mi viejo nos fuimos al centro a tomar una cervecita mirando pasar la tarde.
| Distancia | Desnivel | Altura máx. | Vel. máx. | En movimiento |
|---|---|---|---|---|
| 45,4 km | +614 / −524 m | 2.448 m | 50,8 km/h | 3h 16m |
Día 3: Cuesta de Lipán, el monolito a 4150msnm y las Salinas Grandes
El día grande. Salimos rumbo a la Cuesta de Lipán, esa ruta que trepa la montaña a pura curva, y a unos 3700 msnm nos bajaron de la combi para pedalear los últimos 6km hasta el monolito, a 4150 msnm. Con un viento en contra que era un infierno: a alguno lo tumbó al piso como si fuera una hoja de papel. No voy a dar nombres. Pedalear a esa altura ya es otra cosa —el aire no alcanza, el corazón te avisa a cada golpe de pedal—, y con ese viento cada metro se sentía doble.
Llegamos al monolito, un par de fotos, hidratación, y ahí los guías nos recomendaron no hacer la bajada a las Salinas en bici: había bastante tráfico y, para ese lado, íbamos más expuestos y el viento pegaba todavía más fuerte. Demasiado riesgo, así que por una vez primó la cabeza.
Bajamos en combi hasta las Salinas Grandes y ahí sí arrancamos el recorrido sobre el salar. Las guías iban adelante en moto marcando el camino, y nosotros cada uno a su ritmo por ese blanco infinito, a 3350 msnm, un lugar donde se pierde por completo la noción de la escala: no sabés si lo que ves está a diez metros o a un kilómetro. Pasamos por los piletones, nos explicaron cómo extraen la sal, y después fuimos hasta la laguna, que se mantiene líquida porque tiene una vertiente de agua dulce que sale de abajo y hace que esa zona nunca se cristalice del todo. Volvimos a la entrada y almorzamos algo que había traído la gente de Gone.
De ahí, de nuevo a la combi hasta el monolito para encarar lo mejor del día: la bajada en bici hasta Purmamarca. Unos 22km prácticamente sin pedalear, con unas curvas divinas, el paisaje abriéndose a cada vuelta y todo asfalto impecable. Me solté y llegué a 70km/h, mi récord en toda mi historia arriba de una bici. El GPS dice 68; le creo más al ciclocomputador. Llegamos al hotel con esa mezcla de cansancio y adrenalina, ducha, y a disfrutar del resto del día.
| Distancia | Desnivel | Altura máx. | Vel. máx. | En movimiento |
|---|---|---|---|---|
| 41,4 km | +423 / −1.634 m | 4.185 m | 68,1 km/h | 2h 24m |
Día 4: Iruya, un pueblo colgado de la montaña
Hicimos checkout y de paso dejamos los bolsos en el nuevo hotel, el Hotel Huacalera, camino a Humahuaca. Seguimos viaje en combi por el desvío hacia Iturbe, y a unos 8km del límite entre Jujuy y Salta nos bajamos a pedalear: 8km de subida hasta los 4000 msnm, de nuevo peleándole el aire a la montaña.
Después de hidratarnos arriba, empezó lo que vinimos a buscar: todo en bajada por un camino de ripio que se descuelga de la puna con una vista que no entra en la cámara. Por momentos ibas bajando por encima de las nubes, con la montaña abriéndose en pliegues y colores para todos lados. Fueron unos 20km desde el límite hasta el pueblo, y cada tramo era mejor que el anterior.
Y de golpe aparece Iruya: un pueblo literalmente colgado de la montaña, con las casitas encimadas sobre la ladera y las calles empinadas de piedra. Nos fuimos a comer al centro, al lado de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y San Roque, de 1753, donde nos esperaban con unas tortas saladas de jamón y queso que después de la rodada caían como agua en el desierto. Recorrimos un poco Iruya caminando —no es muy grande, se hace en un rato—, sacamos fotos, compramos alguna cosita, y nos subimos a la combi para las casi 2 horas de viaje de vuelta hasta el Hotel Huacalera. Esa noche cenamos ahí, con las piernas pesadas y la cabeza todavía allá arriba.
| Distancia | Desnivel | Altura máx. | Vel. máx. | En movimiento |
|---|---|---|---|---|
| 26,2 km | +255 / −1.192 m | 3.952 m | 57,4 km/h | 1h 38m |
Día 5: El Hornocal, el cerro de los 14 colores
Si Iruya nos había dejado la vara alta, El Hornocal la subió un piso más. Salimos para el mirador, a unos 4400 msnm, donde nos esperaban las bicis para pedalear ahí arriba, de frente a la Serranía de Hornocal: esa muralla de picos afilados pintada con catorce colores que no te cierra que sea real. La falta de aire se notaba muchísimo —cualquier esfuerzo te dejaba boqueando—, pero valía cada respiro. Dimos un par de vueltas, sacamos fotos hasta cansarnos, y encaramos la vuelta.
La bajada, otra vez de ripio, fue un viaje aparte: el paisaje va cambiando de escena en escena hasta que, al final, parecía el far west, puro árido, cactus y montañas. Solo faltaba la música de Morricone. Bajamos hasta Humahuaca, donde nos esperaban en El Portillo. Almorzamos y después dimos un par de vueltas por el centro y la feria para comprar artesanías.
De ahí, de nuevo a la combi y al hotel, porque a la noche teníamos un compromiso importante: el partido. Nos prepararon el restaurante del hotel y vimos los dieciseisavos del Mundial, Argentina vs Cabo Verde, todos juntos, apretados frente a la pantalla en el medio de la Quebrada. ¡Cómo sufrimos! Terminó 3 a 2 en el alargue, de esos sufrimientos que después se cuentan riéndose.
| Distancia | Desnivel | Altura máx. | Vel. máx. | En movimiento |
|---|---|---|---|---|
| 28,7 km | +153 / −1.438 m | 4.387 m | 50,0 km/h | 1h 31m |
Día 6: Quebrada de las Señoritas y vuelta a casa
El último día ya nos teníamos que ir, así que aprovechamos la mañana y contratamos la combi para una excursión ahí cerca: la Quebrada de las Señoritas. Hicimos la versión larga, toda caminando, de unas 3 horas.
En un tramo la quebrada se cierra tanto que por unos 40 metros vas raspando entre las paredes, metiéndote hacia adentro de la montaña. Ahí se me disparó un poco la claustrofobia —no lo voy a negar, hay video—, pero apreté los dientes y llegué hasta el final. La vuelta, ya sabiendo lo que venía, la disfruté muchísimo más. Después recorrimos la otra parte de la quebrada, hermosa, con todos esos tonos rojos que al sol parecen encendidos desde adentro.
Cuenta la leyenda que, cuando Pizarro capturó a Atahualpa en Cajamarca, el inca ofreció llenar una habitación de oro a cambio de su libertad. No le sirvió de nada: lo mataron igual. Un grupo de ñustas, princesas incas, escapó hacia el sur con parte de ese tesoro, perseguidas por los españoles, hasta que quedaron atrapadas en esta quebrada. Antes que entregarlo, ofrecieron su vida a la Pachamama, que las convirtió en piedra y guardó el oro adentro de la montaña. De ahí lo de “las Señoritas”.
Y de ahí también los colores, según nos contaron: el blanco es la pureza de las ñustas; el negro, los españoles y su oscuridad; y el rojo, la sangre derramada. El tesoro, dicen, sigue ahí.
Volvimos al hotel, agarramos todo y de vuelta al aeropuerto de Jujuy para tomar el vuelo a casa.
Volver más liviano
Ya es la tercera vez que viajo con Gone Bike Trips, y a esta altura no es casualidad. Todo resuelto, un grupo de gente genial y diversión asegurada. Gracias a Sebas por la organización, a Dani por la logística y la paciencia infinita, y a Nahuel por estar en todo.
Jujuy te deja una mezcla rara y linda: la exigencia de pedalear sin aire, arriba de los 4000, y al mismo tiempo la calma de un paisaje que cambia de color en cada curva. El blanco imposible de las Salinas, los rojos encendidos de las quebradas, los 14 colores del Hornocal, los pueblos de adobe colgados de la montaña. Y la gente —Laura y sus empanadas, los guías, cada pueblo— que le pone el alma al lugar.
Es de esos viajes de los que volvés más liviano de lo que fuiste. Con mi viejo ya estamos pensando cuál es el próximo. Y seguramente sea el doble cruce de los Andes.















































































